#LeemosElQuijote: Capítulo V

10 de febrero: Capítulo V: Donde se prosigue la narración de la desgracia de nuestro caballero
Recordemos que don Quijote se quedó maltrecho después de una paliza que le  dieron los mozos y mercaderes del capítulo anterior. Pues así mismo comienza este capítulo, con un don Quijote que no se puede ni mover y que recuerda una historia que nadie se cree, pero que él piensa que le viene que ni pintada a su caso.
Lamentándose estaba mientras recitaba un romance de ese libro que se le vino a la cabeza cuando pasó un labrador que le conocía, que al preguntarle qué le pasaba, Quijote le tomó por el marqués de Mantua y siguió recitando el romance a modo de contestación. El labrador ayuda a don Quijote a subir a su burro y cogiendo las armas y a Rocinante se pone en camino a la aldea, porque enseguida se da cuenta de la pérdida de juicio de su vecino.
En el trayecto, el labrador —Pedro Alonso—, le intenta explicar que él no es el marqués de Mantua, ni don Quijote es un caballero andante sino un hidalgo, pero don Quijote no entra en razón ni por esas [Yo sé quién soy —respondió don Quijote—, y sé que puedo ser, no sólo los que he dicho, sino todos los doce Pares de Francia, y aun todos los nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron se aventajarán las mías].
Según están entrando a la venta, oyen a la sobrina y el ama hablar con el barbero —maese Nicolas— y con el cura —Pero Pérez—. Le estaban diciendo el daño que habían hecho los libros en Quijana, que nunca le dieron demasiada importancia a las veces que decía que se marcharía a buscar aventuras. El cura sentencia que esos libros que tantos males han acarreado a nuestro protagonista serán quemados —recordemos que la Inquisición quemaba enseguida libros de cualquier género que no enseñara su doctrina o que directamente fuera en contra de ella—, y así no podrán volver a hacer mal a nadie. La sobrina está de acuerdo con eso  y mientras ayudan a don Quijote a subir a su habitación, este cuenta cómo se enfrentó a diez gigantes, y por culpa de Rocinante acabó de esa guisa.
Como vemos en este capítulo, y sobre todo al final, la locura de don Quijote cada vez crece más, al punto de ni siquiera reconocer a un vecino suyo y confundirlo con nada menos que el marqués de Mantua. Hay, sin embargo, una cosa admirable en nuestro singular caballero andante, y es su determinación al afirmar que él es el caballero don Quijote, y nadie le hace “entrar en razón”, pues él cree verdaderamente lo que su mente está viviendo.

Algo que estoy viendo en esta lectura (aunque ya había leído fragmentos del Quijote, nunca me había parado a pensar en ello) es que, a la hora de leer, yo también me voy  imaginando todo lo que describe la historia que voy leyendo en ese momento; don Quijote hace exactamente lo mismo, sólo que llega un punto en que no es capaz de parar esa “reproducción mental” de sus historias, y comienza a confundir realidad y fantasía, como se decía en el primer capítulo.

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